Tener una hija en la India no es un buen “negocio”. De hecho, pagar la dote en su matrimonio es una idea tan detestable que ha generado toda una maquinaria de control y tortura sobre las mujeres, teniendo como pico atroz la eliminación de mujeres a través del aborto selectivo por género.

Este corto pero potente documental nos aproxima a esta realidad a través de la experiencia del fotógrafo Walter Astrada. Solo una cifra: cada día 7.000 fetos femeninos son abortados en la India.

Y así doy cierre a mi domingo de videos musicales

 Para quien conoce la historia de su origen es imposible no verlo  como un día de lucha, un día que te exige recordar el camino recorrido por aquellas que lucharon para que las mujeres puedan acceder a derechos y espacios con los que antes soñaban. Es un día, además, para sentirse interpelada y reflexionar sobre lo mucho que aún nos queda por recorrer, y hacer compromisos con una misma, y con todas. Nada nos fortalece más que ser conscientes de las diferencias y apuntar a una igualdad más allá de lo idílico.


Para mí ha sido así los últimos tres años. El 8 de marzo alimentaba en mí la idea de que todas las mujeres somos una hermandad muy fortalecida. Ahora no lo creo, en realidad no es así ni tendría por qué ser así. No es pesimismo, sino solo un recordar que las mujeres no somos todas iguales, nuestras aspiraciones pueden ser distintas y podemos percibirlas de maneras diferentes, pero lo que sí se mantiene son toda la gama de opresiones que hacen que, por el hecho de ser mujer, las oportunidades no sean para  todas las mismas.

No obstante, mis “8 de Marzo” han cambiado. No en lo que representa para mí, sino en lo práctico, en lo que puedo hacer ese día. Este año, por ejemplo, lo pasé trabajando. Nada de marchas, nada de mechas con la policía. Sin gritos al aire, no manifiestos repartidos. Este año trabajé en horario de oficina.

Déjenme contarles un poco cómo fue. Era mi primer día así que no sabía que esperar, el día siguió su curso, correteo por aquí, correteo por allá, y fuimos llamadas a la sala de juntas para una pequeña celebración, donde las mujeres fuimos agasajadas por nuestros pares con unas palabras de felicitaciones y bocaditos. A nuestra espalda colgaba una suerte de “periódico mural” donde también se hacía referencia a la mujer. Su contenido era ciertamente de lo más bizarro. Un poema que honraba las bondades de ser mujer; imágenes de mujeres embarazadas por aquí y por allá, chistes machistas y otros más antifeministas; y una mujer en los brazos de su amado rodeada de animosos corazones rosas por todos lados.

Simplemente no hay nada como salir de la burbuja y echarle un vistazo al exterior. De hecho, da miedo, pero qué mejor ejercicio para interpelarnos y recordar que no todas las cosas están dichas. Menos sobre el día de la mujer. No basta con que exista, todas lo sabemos, sino con llenarla del sentido de demanda, de lucha, de búsqueda por una sociedad más justa para las mujeres.

No puedo dejar de preguntarme qué es lo que hace que, en espacios dominados numéricamente por mujeres, con mujeres en cargos de vital importancia, todas ellas aún sientan que no merecen, ni menos necesitan, un día de la mujer. No es solo no saber qué representa, es sentir que las relaciones de poder están bien como están, que la imagen que una mujer debe dar ya está dicha, y si las cosas están bien para algunas están bien para todas.

No quiero que se me mal entienda. No culpo a aquellos buenos muchachos que en verdad pensaron que un homenaje es reconocer que las mujeres son valiosas porque de ellas venimos todas. Ese es el cuento que oímos todas en este día. Por eso escuchamos a alcaldes decir “la mujer es lo más valioso que tenemos porque sin ellas no estuviéramos aquí”. Finalmente, aún es cierto, somos valiosas porque damos a luz, traemos vidas a este mundo para incrementar los valores demográficos del (sub)desarrollo. No hay aún otra forma de mirarnos a nosotras mismas. ¿Acaso no la hay?

El problema no es que las mujeres ocupen puestos que les impida salir a las calles a gritar sus carencias. Hay de todo en esta vida. He visto mujeres en las calles gritando con sus niños en la mano, pensando en qué prepararían de comer al llegar a casa. He visto mujeres igual de guerreras trabajar en casas y oficinas, sabiéndose fuertes pero sin por ello sentir que necesitan un día para “celebrarlo”. El contenido del mensaje aún no ha calado, casi en lo más mínimo. Como feminista no puedo dejar de preguntarme, ¿estamos enviando el mensaje correcto? ¿Estamos, al menos, enviando algún mensaje?

No dudo que no. Y no dudo que parte de la solución sea salir a las calles, tomarlas, son nuestras, para gritar las incoherencias a una sociedad obnubilada con sus buenas intenciones. Pero no lo es todo.

Somos muchas las generaciones que hemos venido después de aquellas obreras que murieron luchando por condiciones justas en sus centros de trabajos. A todas ellas las recordamos hoy, porque pagaron con su vida las marcadas iniquidades que se cometen bajo la justificación biológica. Todas estas generaciones tenemos una deuda y una misión por cumplir, no con una imagen soñada de hermandad femenina, sino con nuestras madres, nuestras hijas y hermanas. Con nosotras mismas. Hay mucho aún por hacer, mucho por decir y gritar. No es necesario que sea uno solo el camino. No vamos a crecer si seguimos pensando que solo en las calles podemos ser escuchadas, o en las aulas, o en nuestros hogares. Es parte de lo que somos, la lucha por la igualdad nos ha exigido ser buenas en todos los espacios, ser súper mujeres es todo a lo que podemos aspirar. Pero hay más, tiene que haber más.

Ser conscientes de las diferencias; de que nuestros cuerpos no nos pertenecen; del sistema capitalista que nos oprime; y las relaciones de poder que lo justifica y enaltece; es una lucha que nos compele todos los días y no solo el 8 de marzo. Porque somos mujeres los 365 días del año y no solo los 8 de marzo. Somos mujeres todas,  aunque no nos sintamos hermanas. Y desde nuestros espacios particulares, diminutos en sí mismos, podemos comenzar a trazar el camino de lucha para un futuro mejor.